Un niño en Nepal

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A veces, a menudo, cuando en nuestro camino en un país en vías de desarrollo vemos a un niño pobre, se nos encoge el corazón, nos entra una pena grande y expresamos, a nuestro modo, rabia por la injusticia social que, desde hace milenios, permite que cosas así ocurran. Y, al hacer eso, a menudo olvidamos que, pese a todo, el niño que se cruzó en nuestro camino, pobre o no, sigue siendo un niño. Y que a un niño lo que le gusta es la proximidad. En esta historia, a mi modo, reivindico el derecho de todos los niños del mundo a ser tratados, en primer lugar, como niños. Y, después, será lícito hacer todo lo necesario para que, un día (ay!) las injusticias y las desigualdades que tanto nos afectan dejen paso a una vida para todos mejor.

«Si me miras, no es necesario que te fijes en todo lo que no soy. Ni que eches en falta todo lo que no tengo. Ni que dibujes en tu rostro un gesto de tristeza o de amargura.

Sé que tal vez te apena pensar en todo lo que me falta. Porque el brillo de tus cosas y el de las mías es diferente.

Sé que, entre tú y yo, existe una larga distancia de diferencias. Y sé que, desde la bondad de tu corazón de ahora, te gustaría recorrerlo en un instante.

Pero este instante es mío y es tuyo. Es de los dos. Y prefiero que me mires sin dejar de ver en mí lo que ahora soy. Aquí. Contigo.

Soy un niño. Que se asomó a la puerta de su casa a verte pasar en tu camino hacia otro lugar. Y que quiere aprovechar este momento para conocerte. Y para mirarte a los ojos. Y para verte sonreír.

Y, si tienes tiempo, te contaré, con mis ojos y mi sonrisa, mi pequeña verdad.

Es ésta:

Me gusta mirarte.

Me gusta que te detengas a mirarme.

Me gusta mucho verte sonreír.

Me gustaría que me dejaras tomarte de la mano.

Me gustaría poder jugar contigo.

Me gustaría que me contaras una historia de personas, animales y lugares que no conozco. Y que, seguramente, jamás conoceré.

Porque, después, tú te irás para siempre. Y tal vez me recordarás o tal vez no. Pero yo seguiré aquí.

Arrimado al camino. Y pegado a la esperanza. De que, un nuevo día, tú, o alguien como tú, llegue hasta este lugar casi perdido entre la niebla y el silencio.

Y quiera detenerse a mirarme y a dejarse mirar. Sin prisa ni contratiempo. Por el placer de seguir siendo quienes somos.

Ahora y siempre.»

Pepe Navarro

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