Mi reloj de Damasco

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Mi reloj de Damasco sigue marcando la hora. Lo compré, hace seis años, en una de las pequeñas tiendas de anticuario que rodean el exterior de la gran mezquita de los Omeyas. En un viaje que tenía por finalidad fotografiar los rasgos distintivos de algunas de las ciudades de mayor influencia en la cultura mediterránea.

Mi reloj sigue marcando la hora. Es un compañero leal y es también una imagen de la belleza que me fue dado conocer y compartir durante mi estancia en Damasco, que se prolongó por espacio de ocho días.

Allí encontré paz. Encontré tradición. Encontré belleza. Encontré sensibilidad. Encontré cultura. Encontré tolerancia. Encontré aprecio. Encontré hospitalidad.

Había piedras viejas ordenando bellas sensaciones. Había pequeñas esquinas rodeando amplias estancias abiertas al visitante. Había senderos que conducían al descanso de la sombra y al encuentro de la luz.

Y, por todas partes y a todas horas, había personas que disfrutaban deteniendo mi paso para quedarse conversando conmigo acerca de la vida y de la suerte de quienes la viven.

Me enamoré de Siria. Me enamoré de los sirios.

Los conocí y me acompañaron. Me  invitaron. Me contaron. Reímos juntos. Inventamos palabras. Jugamos a reconocernos a partir de nuestras diferencias. Nos hicimos amigos.

Los sirios. Gente como yo. Amigos de quienes llegaban hasta su país y su lugar. Felices de poder ofrecerles una bienvenida. Incapaces de un desaire. Orgullosos de poder compartir su esencia. Defensores moderados de su verdad. Grandes conversadores. Generosos.

Regresé de Siria y pasé meses hablando muy bien de todo lo que había compartido allí.  Les decía a todos voy a regresar, quiero regresar.

Sin embargo. Ahora me siento culpable. Me siento incapaz. Peor que un bárbaro. Me siento un traidor.

Me han quitado la posibilidad de decir que no quiero que nada se haga del modo cruel que se está haciendo. Me han dejado vacío de derechos reales y efectivos. Y golpean mi conciencia las caras y las razones de las personas que pretenden hablar por mí. Decidir por mí.

Yo no quiero. Ellos pueden pero yo no quiero.

No quiero que hablen por mí. Que silencien mi protesta. Que nieguen mi derecho a entender lo que ellos no entienden. Que empobrezcan la pobreza. Que le nieguen el espacio a la vida. Que se pongan de espaldas al dolor que duele. Que nos avergüencen con sus razones tan predecibles.

Los sirios. Los refugiados. Esos invasores indeseados que vienen huyendo de la última guerra que el mundo ha fabricado. Sujetando a sus hijos con una mano y a su dolor con la otra. Incapaces de alcanzar a comprender la negativa a la bondad que les golpea. Incapaces de comprender la negativa al espacio que solicitan. Incapaces de aceptar la negativa al derecho real a su vida. La negativa repetida que les daña el alma y les rompe el corazón.

No quiero que a esos hombres, mujeres y niños los traten de evitar como se evita a lo indeseado. ¿Por qué huyen de sus hogares? ¿Quién les puso en ese lugar de abandono? ¿Quién les sacó de sus casas y les lanzó al vacío? ¿Dónde empieza su angustiosa odisea sin final? ¿Quién es el verdadero culpable de su dolor y de su muerte?

¿Y si un día nosotros? ¿Y si mañana nosotros o nuestros hijos? ¿Y si está en nuestro destino huir a la desesperada buscando un refugio, una palabra amiga, un gesto de amor?

Entonces sí. Entonces bueno. Porque entonces sí sería necesario comprender el alcance, la magnitud, la profundidad de la necesidad. Que sería la nuestra.

Porque la de ellos. Es otra. Es menor. Es ajena. O supera nuestra capacidad de ser comprensivos, justos y racionales. Y se come, de un bocado, nuestros más voluminosos tomos de leyes humanas.

Y nos deja vacíos de verdaderas razones para negar lo que no le puede ser negado a alguien que vive.

Y nos debilita tanto que nos convierte en inválidos incapaces de dar un paso por el camino del aprecio y de la lealtad.

Somos pobres. No somos ricos. Somos pobres de todo lo que no se mide con dinero. Y nos aferramos a las piedras de nuestras murallas para defender el reducto de nuestra pobreza moral.

Y debemos hacerlo así. Porque ellos son muchos. Son demasiado numerosos los invasores que nos vienen encima, huyendo de la sinrazón. Son casi una nación entera. Y nosotros no podemos. Permitirlo.

Sólo. Si acaso. Podemos negociar a la baja. Implicar a otros. Realizar intercambios en la mesa de los pactos económicos. Sacarnos de la manga una nueva política de compensaciones y estímulos para nuestros nuevos colaboradores. Levantar, desesperadamente, la barrera de un aliado capaz de contener la avalancha oscura que amenaza con dejarnos sin luz.

Nosotros, que fuimos educados con dulces palabras de armonía y amistad. Y nos hicimos mayores mandándole aleluyas a la luna y al sol de nuestro gran momento social. Ahora, llevados al extremo de tener que elegir, elegimos olvidarnos de lo aprendido. Y regresar a los callejones más oscuros de nuestra historia.

Sin tiempo. Sin templo. Cosidos a la ropa vieja de nuestros peores disfraces.

No puede ser. No quiero que sea.

Pero es.

Es.

Y ahora no me queda mucho más que decir.

Regresar a mi reloj de Damasco. Y darle cuerda un día más. Porque no quiero que deje de marcar la hora en la que vivo. No quiero olvidar este momento.

Es demasiado grave. Duele demasiado. Y rompe, dentro de mí, una gran parte de todo aquello en lo que alguna vez creí y que tanto nos costó construir.

 

Por Pepe Navarro

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