Campos de Angola

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Una historia muy triste y muy tierna. Habla de la injusticia flagrante que se ceba en los indefensos. Como siempre ocurrió y como sigue ocurriendo. Una vez más, todo lo que cuento es cierto. Creo que jamás he sufrido tanto como en ese trabajo que hice como fotógrafo voluntario en un país en guerra. Y, al mismo tiempo, jamás me sentí tan orgulloso de mis compañeros: médicos, enfermeras y voluntarios que hacían cuanto podían por restaurar las bases destruidas de la confianza en el futuro.

Nada satisface la codicia humana. Es imposible esperar sensatez, bondad y compasión de parte de quienes se dedican a la producción y venta de armas de destrucción.

Los niños de muchos países, que han vivido su historia reciente castigados por la guerra, no lo saben. No tienen los elementos de juicio suficientes para comprender y para juzgar.

Pero sí saben que tienen hambre. Que tienen miedo. Que sus padres murieron y que ya no viven con ellos. Que les asusta la noche. Que ya no pueden salir a jugar a darle golpes al balón de trapo como tanto les gustaba hacer.

Porque ya no tienen piernas.

Se las llevó por el aire un estallido, que surgió de debajo de la tierra, la última vez que golpearon un balón.

Los mayores les habían advertido que no era prudente jugar fuera del patio de la casa familiar. Pero la curiosidad de los niños y su afán de espacio abierto siempre puede más que una justificada orden de encierro.

La guerra siguió disparando. Y los niños, quisieron seguir jugando.

La guerra no se detuvo en el límite de sus campos. Entró más allá. Llegó hasta la puerta de sus espacios familiares. Y les esperó – enterrada en la tiniebla – porque sabía que, tarde o temprano, los niños caerían en su poder.

Y cayeron. Uno tras otro. Como, antes, habían caído sus padres.

A los padres los mataron. A los niños los dejaron casi muertos y sin piernas.

Manos voluntarias los levantaron de su sangre y los depositaron en campos de recogida. Donde los curaron y los alimentaron. Y se esforzaron en darles fuerza y esperanza.

A los más mayores les explicaron que, en adelante, ellos serían los responsables de sus hermanos menores. Porque ya no podían elegir otro papel. La guerra había decapitado cualquier otra posibilidad.

Desde mi amor y desde mi rabia les dije que les quería fotografiar.

Los niños, plenos de inocencia, levantaban a sus hermanitos inválidos del suelo, se situaban frente a la cámara y se quedaban quietos. Muy quietos.

Sin decir una sola palabra, me arrastraban, con su mirada, hasta una cima de inmenso dolor.

Yo fotografiaba y lloraba. Mientras sus ojos, fijos en mí, me contaban su historia.

 

Pepe Navarro

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Javier Fernández de las Heras
Javier Fernández de las Heras
6 years ago

Es una vergüenza que natura ponga estas historias para adueñarse de unos valores ate no son suyos. Natura no tiene escrúpulos y trata a sus trabajadores como esclavos impidiéndoles ni coger sus respectivos descansos trabajando ocho horas entre otras muchas cosas. Podéis preguntar a los trabajadores de cualquier tienda.

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