Y, con todo, vivir

Y, con todo, vivir
Y, con todo, vivir
Y, con todo, vivir
Y, con todo, vivir

Y, con todo, vivir.

Puedo pasarme la vida contándole a quien quiera escucharme, que mi vida fue un fracaso. Que, por una u otra razón, no supe conducirla por el buen camino. Que me quedé a la puerta de casi todo. Esperando, muchas veces, por nada.

Y puedo extenderme en explicaciones que afectan a unos y a otros, a ciudades y a gobiernos, a esposas, hermanos y maridos. Para justificar todos y cada uno de los males que caben en la rutina de mi desgracia.

La lluvia fría que me moja las noches de invierno cuando, cansado de ir de un sitio a otro buscando cobijo, me resguardo debajo del alero de un edificio, escondido de todos.

Mi mirada baja cuando, con la mochila a mi espalda, camino entre la gente que siempre va apresurada hacia algún lugar. Donde son esperados.

Las horas de mi cansancio que se me antojan perpetuas. Metidas a paso lento en mi perpetuo resistir.

Mi casi no existencia en el contexto global de las actividades que otorgan el derecho de ser uno entre todos.

Y así podría seguir, impregnándolo todo con mi vejo rosario de lamentos tan bien aprendidos. Justificados o no. Reales o imaginarios. Difíciles de aceptar.

Pero no quiero en este momento. Mi conciencia está limpia y mi intención es clara. Existo.

Y mi vieja armónica está entre mis manos, con su sonido dulce. Con su poder evocativo.

Cierro los ojos y su melodía me lleva río abajo, me acerca a un océano de paz.

Mientras mi mente se llena de los paisajes y los momentos más bellos que soy capaz de recordar.

Aquí sentado, sobre este palmo de ciudad, a la espera de que todo lo bueno llegue a suceder.

Aún.