EL PINCHOS

EL PINCHOS
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EL PINCHOS
EL PINCHOS

Para El Pinchos lo importante no era tan sólo poder subsistir, sino tener acceso a algunas de las comodidades que el dinero de los extranjeros que visitaban La Habana podía proporcionar.

Y, para ello, era necesario poder llamar su atención. Destacar, de algún modo, entre los figurantes habituales que ocupaban los lugares preferentes de la capital: la plaza de la catedral o la esquina de la Bodeguita del Medio.

Y no era tarea sencilla competir con la mulata del tabaco en la boca y la flor en el pelo. Ni con los inevitables músicos callejeros, capaces de quedarse interpretando la canción del Ché Comandante desde el inicio de la jornada hasta la puesta de sol.

Empezó con un pincho. Y fue siguiendo con muchos más. Desde la frente hasta el mentón, se llenó la cara de agujas y de aros. Y, de ese modo, consiguió lo que pretendía: llamar la atención y recoger las monedas de los visitantes.

Y pasó de ser un desconocido completo a ser un poco conocido. Le gustaba. Y se propuso superar su propio récord. Contó, uno por uno, todos los pinchos que todavía podían encontrar un hueco en su cara. Y, uno por uno, se los clavó.

Y, desde el asombro y la incredulidad de los turistas, siguió recogiendo monedas en el centro de la ciudad.

Pero las cosas se le complicaron. Le costaba poder dormir porque no sabía cómo apoyar la cara en la almohada sin sufrir un gran dolor. En su barrio casi nunca había agua corriente para lavarse. Y, a diario, debía curarse las infecciones que, inevitablemente, le aparecían en alguno de los agujeros o en muchos de ellos a la vez.

Le pregunté si merecía la pena tanto sufrimiento. Me respondió que sí. En este mundo de anónimos con hambre, me dijo, yo he conseguido hacerme un nombre y comer.

Le pedí que me dejara fotografiarlo en el patio de su edificio. Me dijo: claro, tú no sabes cuántos me lo piden… y a todos les digo que sí. Y añadió: aunque no todos me dan plata... ¡Carajo! Si todos me dieran, yo sería ya un millonario!