Yolanda

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La historia de una mujer que pasó años batiendo las calles de Los Ángeles en búsqueda de algo que le permitiera subsistir y dar educación a sus hijos.

El día que vi a Yolanda, yo caminaba de regreso a mi casa por los callejones de Venice Beach. Había pasado la mañana andando y me sentía cansado del espectáculo multicolor que, a diario, se da cita en el paseo principal colindante con la playa. Prefería la tranquilidad de las pequeñas calles traseras.

Me deleitaba admirando los pequeños jardines de las casas de playa, concebidos de una manera desordenada pero con cierta imaginación. Me sentía bien allí, entre cactus y araucarias, setos y parterres, perros de yeso y tablas de surf, barbacoas oxidadas y muebles desteñidos por el sol. Con aquel aire californiano de decadente juventud impregnándolo todo.

Esas calles son la tranquila retaguardia de una playa que tiene fama de ser tan interesante como frívola y alocada. Las puertas traseras de los edificios de apartamentos, los aparcamientos de automóviles y los contenedores de basura son en ellas el paisaje anónimo en el que se da cita un tipo de vida silencioso y alternativo. En ese paisaje se mueven los pobres y los gatos, deambulan los iluminados y encuentran sustento y refugio los marginados.

Yolanda conoce muy bien esas calles porque, desde que emigró ilegalmente a Estados Unidos y fijó su residencia en Los Ángeles, las recorre cada madrugada, junto a su esposo Rogelio, en busca de los envases de cristal y de aluminio que, más tarde, ambos venderán en las plantas de reciclaje de los suburbios de la ciudad.

Empieza su jornada a las tres de la madrugada y, desde ese momento, no cesa en su afán de descubrir su diario lote de tesoros en los contenedores de basura…

Muchas veces ha pensado en dejarlo porque su trabajo, además de muy cansado, es peligroso. Ha contraído enfermedades, ha sufrido asaltos y, en alguna ocasión, le han disparado. Pero, a pesar del miedo, confiesa que no le queda más remedio que seguir. Porque gracias a su trabajo está cumpliendo su sueño de siempre: que sus tres hijos reciban una buena educación y consigan prosperar en Estados Unidos.

La última vez que nos vimos, me confesó entre lágrimas que su hijo mayor, Rogelio, estaba compensando el esfuerzo que ella y su marido realizaban por él. Estaba estudiando becado en una de las mejores universidades del país y había conseguido llegar a ser el primero de su clase.

 

Pepe Navarro

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